La verdad sobre hacer negocios en España: Una historia personal

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La mayoría de lo que se escribe actualmente sobre la precaria situación de los países de la periferia de la Eurozona se hace, casi exclusivamente, desde una perspectiva macroeconómica. Se mencionan números y se muestran gráficas para intentar demostrar que tal o tal país se encuentra en el camino de la perdición o de la salvación.

El problema de este enfoque es que ignora por completo el lado humano de la depresión económica en el Sur de Europa. La cruda realidad humana queda oculta y enterrada bajo una montaña de datos económicos, muchos de los cuales se manipulan para favorecer a los intereses del estado o de los bancos. El resultado es que, muchas veces, el bosque no te deja ver los árboles.

Por este motivo, he decidido dedicar este post a la historia de un conocido mío, uno de los pocos dueños de pequeños negocios que quedan en España. Aunque le gusta la idea de que cuente su historia, mi amigo prefiere que lo haga bajo la sombra del anonimato (como él mismo dice, nunca se es demasiado precavido en estos días). Así pues, durante este artículo vamos a llamarle Francescs o Cesc, para hacerlo más corto.

La empresa de Cesc tiene dos líneas de negocio: diseño de interiores (un sector, como podéis imaginar, bastante anémico desde que estalló la burbuja inmobiliaria española) y diseño y construcción de expositores y stands para ferias comerciales, que, hasta hace unos años, cuando Barcelona era la capital europea de las ferias, fue un sector en crecimiento que ofrecía oportunidades enormes para los emprendedores como Cesc.

Para Cesc y su socio, los días felices de mediados del 2000 fueron realmente excitantes hasta que consiguieron un proyecto para rediseñar el interior de un restaurante en alza situado en uno de los barrios más de moda de Barcelona.

Todo empezó bien. Este proyecto era uno de los más importantes que la empresa de Cesc había tenido nunca y su equipo estaba rebosante de ilusión al respecto. Sin embargo, tanto el material como el trabajo necesario para un encargo de este tipo eran desproporcionados y, preocupado por el aumento de los costes, Cesc pidió al dueño del restaurante un adelanto por  la mitad del dinero necesario.

Sin embargo, el dinero del dueño del restaurante se había invertido, temporalmente, en otras áreas así que éste propuso a Cesc pagarle con un pagaré por valor de unos 100.000€ euros. En otras palabras, el propietario se comprometió a pagar el dinero en un mes. Mientras tanto, el banco aseguraba a Cesc la solvencia y confianza como cliente del dueño del restaurante, de manera que podía fiarse de recuperar su deuda.

Como cuenta Cesc, “el banco me dijo que se trataba de uno de los restauradores más ricos de Barcelona e incluso nos ofrecieron aumentar el crédito que necesitábamos, cosa que, obviamente rechazamos.”

Ya más tranquilo, Cesc adelantó el pagaré usando los fondos destinados a pagar a sus trabajadores y a la compra de material. Para cuando el restaurante estuvo listo, la empresa de Cesc había gastado casi 180.000€ en el trabajo, los cuales habían sido garantizados por el dueño del restaurante.

Pero cuando llegó el momento de hacer efectivo el pagaré, el banco dijo a Cesc que no había fondos. Tras llamar al abogado del resaturador, el director del banco informó a Cesc que su cliente no contaba con dinero en la cuenta y estaba casi en bancarrota dejando así la deuda de más de 180.000€ para la empresa de Cesc (dinero que no tenía ni podía conseguir…)

El banco se echó inmediatamente sobre la cuenta del negocio de Cesc y se llevó los 40.000€,  despojando, de esta manera, a la empresa de todo el dinero con que contaba. El resto de la deuda se refinanció con unos intereses desorbitantes.

Para acabar de arreglarlo, ese mismo mes otro cliente de Cesc cerró su tienda dejando de pagar los 20.000€ que debía.

“En el lapso de unos pocos días, el cielo se derrumbó”, dice Cesc. “En un momento, el negocio iba viento en popa y al siguiente estábamos endeudadisimos con el banco y sin ningún dinero. Les ha llevado años a los abogados escudriñar entre los restos del negocio de nuestro cliente (el dueño del restaurante) para que, al final, todos los activos se los llevara el banco o el gobierno. Aún no hemos visto ni un céntimo de nuestro dinero.”

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Para poder mantener vivo el negocio, Cesc y su socio decidieron que la prioridad era pagar el salario de sus trabajadores y los presupuestos de los proveedores. Pero con la recesión mordiendo sin cesar y la actividad económica avanzando a rastras, la empresa obtenía tan pocos beneficios (sobre todo después de pagar sus obligaciones mensuales) que no podían pagar ni la Seguridad Social, que en España supone el 35% por cada salario (una de las más altas de Europa) ni el impuesto de sociedades. Al final había tan poco dinero que Cesc y su socio se vieron forzados a despedir a la mayoría de sus trabajadores.

“Ha sido una de las cosas más difíciles que he tenido que hacer nunca y no quiero volver a hacerlo jamás. Sabía que dejaba a mis trabajadores, muchos de ellos, grandes amigos, en una situación muy precaria. Pero no podía hacer otra cosa. Estábamos en bancarrota.”

Poco después, Cesc y su socio no tuvieron más opción que cerrar el negocio. Entonces, mientras la mayoría de la gente hubiera tirado la toalla, Cesc y su socio, emprendedores incansables, decidieron intentarlo otra vez y abrir un segundo negocio con un nombre diferente.

“Sabíamos que éramos buenos en lo que hacíamos y creíamos 100% en nuestro producto”, dice Cesc. “Teníamos los mejores diseñadores y los mejores constructores. Nuestros clientes, grandes y pequeños, siempre quedaban satisfechos con los resultados obtenidos.”

Aún con la peor recesión que han vivido como telón de fondo, sin mencionar la pelota de más de 200.000€ de deuda, la nueva compañía ha conseguido sobrevivir. Pero cada vez es más difícil.

Tal como dice Cesc, “la situación económica en España es terrible. Cada vez más negocios –especialmente los pequeños y los familiares – están cerrando. Y los que aún aguantan pagan cada vez menos por los servicios que necesitan. Las empresas se están canibalizando las unas a las otras, y muchas se ven forzadas a aceptar trabajos por muy poco o ningún margen. Todo se está devaluando: no solo la cantidad de dinero que puedes cargar por tus servicios sino también el significado y la calidad de tu profesión.”

En vez de pelear por las migajas que quedan en la industria española, Cesc ha empezado a echar un ojo más allá de las fronteras en busca de oportunidades. Como ha aprendido, en el norte de Europa, una empresa puede hacer el doble o el triple de dinero que por el mismo trabajo en España.

Aunque la visión de Cesc no se queda en Europa. También vende sus servicios a los mercados florecientes de China, Rusia y Medio Oeste con unos resultados de éxito nada menospreciables: su empresa ha ganado recientemente un contrato para diseñar y construir stands para ferias en Dubai y Shanghai.

Pero mientras tanto, la sombra de la deuda sigue cerniéndose sobre la empresa y, con unos intereses de hasta el 10 por ciento por año, crece a un ritmo alarmante.

“Intentamos pagar lo más rápido que podemos pero sigue creciendo”, dice Cesc. “Por ejemplo, el total que tenemos para Seguridad Social ha aumentado de los 50.000€ de hace un par de años hasta los casi 70.000€ de ahora. Y todo esto por los intereses.”

Cesc no está solo. De hecho, sus experiencias encarnan lo que está sucediendo a las pequeñas y medianas empresas de toda España. De acuerdo con la publicación española 80 Dias, 90 por ciento de las empresas están sufriendo retraso en el pago de las facturas, con nada menos que un 65 por ciento de las pymes españolas con alto riesgo de insolvencia como resultado.

En la más perversa de las ironías, es el propio gobierno español, en particular a nivel local y regional, quien mas se retrasa en el pago de los productos o servicios. Para las grandes empresas, que tienen que esperar muchos meses, o incluso años, para recibir el pago por los servicios prestados, puede crear graves presiones de liquidez. Sin embargo, para las entidades más pequeñas, puede literalmente significar la diferencia entre hundirse o seguir nadando. Y cada vez que una empresa se ​​hunde, otro eslabón vital en la cadena alimenticia de negocios se corta para siempre.

Cesc habla en nombre de cientos de miles de empresarios españoles cuando expresa su frustración por la negativa del gobierno para apoyar a las pequeñas empresas: “Al gobierno español parece no importarle por lo que los pequeños negocios tienen que pasar. Lo único que necesitamos es congelar temporalmente nuestra deuda para que podamos tener un pequeño respiro  y concentrarnos en intentar expandir nuestros negocios. De esta manera, podríamos incluso ser capaces de crear nuevos puestos de trabajo.”

En España, al igual que en casi todas las economías desarrolladas, la mayor parte de los empleos a tiempo completo se crean gracias a pequeñas empresas emprendedoras como las de Cesc – no como las multinacionales blue chip a favor de las cuales se encuentran la mayoría de legislaciones y políticas económicas.

El gobierno español, lleno hasta los topes de políticos profesionales y consejeros económicos con experiencia cero en llevar negocios, ignora el papel esencial que juegan los “no nos rendimos” emprendedores como Cesc. Quizás por eso el Banco Mundial sitúa a España en el puesto 136 de las 185 economías que facilitan el lanzamiento de un nuevo negocio, por detrás, no os engaño, de Nicaragua, Kosovo, Uzbekistán e Irán.

“En algunos lugares, como Estados Unidos y el Reino Unido, respetan e incluso hasta cierto punto fomentan el fracaso. Porque es así como aprende la gente”, dice Cesc. “Aquí en España, te castigan, te marcan de por vida como un perdedor y se aseguran de que no vuelvas a poner en marcha un negocio nunca más.”

[Articulo traducido por Marta Aparicio, que vive y trabaja en Barcelona]

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